Creo
que medía un metro y "tantito" más. Aquella falda gris lograba cubrir mis
delgadas piernas. Una blusa blanca y medias hasta las rodillas cubrían el resto
de mi piel. La emoción era grande, un poquito de libertad era lo que iba a
tener al entrar al colegio. Mamá me tomaba de la mano y cargaba mi mochila, con
rueditas, muy a la moda. Yo sontenía mi lonchera, que por mi tamaño, más
parecía un cooler: Caminaba presurosa por la vereda. Ya a pocos metros estaba
ese lugar.
Era
enorme, para mi pequeño ser realmente lo era, muchas niñas iguales a mi me
resultó sorpresivo. Mi rostro alegre se torno preocupado. Mami tomó unas
monedas y, creo, que compró un “frugos” y unas galletitas de vainilla: “De
crema no Anni, te mancharás el uniforme”, sentenciaba ella.
Luego
compró una cinta blanca y la ató fuertemente a mis cabellos. En adelante se
convirtió en un acto religioso de cada mañana: moño, cinta blanca y “pili-mili”.
Ver a tantas niñas vestidas como yo resultaba extraño, ¿Me hacia entrar en
confianza? Pues no, seguían siendo unas perfectas desconocidas.
La
hora de la despedida estaba cerca, mamá entró conmigo, yo esperaba que entrara
a mi salón. Su última compra fue un agenda con una virgencita en la portada: “Ella
te va a cuidar hasta que te recoja a la salida”, me dijo.
De
pronto gritos, llantos y pataletas de niñas me aterraron enormemente. “No me
quiero quedar”, le dije a mamá esperando que me llevase de vuelta a casa. Pero
no fue así. Mis ojos brillaban y dieron paso a pequeñas lagrimillas que no conmovían
a mamá. Me dio un beso y me dijo que todo estaría bien, yo no le creí.
La
vi irse y la pena me invadía. Pero obedecí y caminé hacia el patio. Era muy
grande, “me voy a perder”, pensaba. Una bella mujer se me acercó de pronto y me
dijo: “muñequita, aquí están tus compañeritas”, pero ¿qué había del “no hables
con extraños”?, debía hacer caso, ¿o no?. Estaba contrariada, pero el ángel que
emanaba aquella mujer me obligó a extenderle mi mano y seguirla.
Minutos
después ya me encontraba en clase. Una niña se sentó a mi lado y me preguntó ¿Cómo
te llamas? A partir de entonces era Anna, Anni, Anel, la chata, he infinidad de
nombres y sobre nombres que cariñosamente me asignaron todas las amigas que
hice en aquel colegio. Hoy lo recuerdo con nostalgia y gratitud porque no solo
el conocimiento intelectual me fue asignado, sino una educación digna de una
princesa, y ahora, a mi edad, de toda una dama.