lunes, 4 de marzo de 2013

PRIMER DIA DE CLASES


Creo que medía un metro y "tantito" más. Aquella falda gris lograba cubrir mis delgadas piernas. Una blusa blanca y medias hasta las rodillas cubrían el resto de mi piel. La emoción era grande, un poquito de libertad era lo que iba a tener al entrar al colegio. Mamá me tomaba de la mano y cargaba mi mochila, con rueditas, muy a la moda. Yo sontenía mi lonchera, que por mi tamaño, más parecía un cooler: Caminaba presurosa por la vereda. Ya a pocos metros estaba ese lugar.
Era enorme, para mi pequeño ser realmente lo era, muchas niñas iguales a mi me resultó sorpresivo. Mi rostro alegre se torno preocupado. Mami tomó unas monedas y, creo, que compró un “frugos” y unas galletitas de vainilla: “De crema no Anni, te mancharás el uniforme”, sentenciaba ella.  
Luego compró una cinta blanca y la ató fuertemente a mis cabellos. En adelante se convirtió en un acto religioso de cada mañana: moño, cinta blanca y “pili-mili”. Ver a tantas niñas vestidas como yo resultaba extraño, ¿Me hacia entrar en confianza? Pues no, seguían siendo unas perfectas desconocidas.
La hora de la despedida estaba cerca, mamá entró conmigo, yo esperaba que entrara a mi salón. Su última compra fue un agenda con una virgencita en la portada: “Ella te va a cuidar hasta que te recoja a la salida”, me dijo.
De pronto gritos, llantos y pataletas de niñas me aterraron enormemente. “No me quiero quedar”, le dije a mamá esperando que me llevase de vuelta a casa. Pero no fue así. Mis ojos brillaban y dieron paso a pequeñas lagrimillas que no conmovían a mamá. Me dio un beso y me dijo que todo estaría bien, yo no le creí.
La vi irse y la pena me invadía. Pero obedecí y caminé hacia el patio. Era muy grande, “me voy a perder”, pensaba. Una bella mujer se me acercó de pronto y me dijo: “muñequita, aquí están tus compañeritas”, pero ¿qué había del “no hables con extraños”?, debía hacer caso, ¿o no?. Estaba contrariada, pero el ángel que emanaba aquella mujer me obligó a extenderle mi mano y seguirla.
Minutos después ya me encontraba en clase. Una niña se sentó a mi lado y me preguntó ¿Cómo te llamas? A partir de entonces era Anna, Anni, Anel, la chata, he infinidad de nombres y sobre nombres que cariñosamente me asignaron todas las amigas que hice en aquel colegio. Hoy lo recuerdo con nostalgia y gratitud porque no solo el conocimiento intelectual me fue asignado, sino una educación digna de una princesa, y ahora, a mi edad, de toda una dama. 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Un padre asignado


Hace algunas tardes me encontraba merodeando por las calles del Centro de Lima. Usual en mí, vivo por la zona y me la conozco de memoria. También es común verme con audífonos a todo lo que da, de modo que se me haga imperceptible cualquier eventualidad que moleste mi recorrido. El grisáceo cielo  presagiaba un momento entrañable. Y entre tanta gente pude verlo a él. “¿Orlando? Imposible”. Camisa a rayas y caminar presuroso, como si el tiempo siempre fuera su enemigo. Solía decirle que tomara las cosas con calma, un poco más a la ligera. El y su risa incrédula no daban crédito a mis palabras y solo decía “no puedo ver la vida igual que tú a través de esos ojos quinceañeros, mi niña consentida”. Me resultaba imposible tu presencia en aquellas calles y entré en el dilema: ¿me acerco? ¿Aún me recordará? No pude evitarlo. Corrí a tu encuentro como una niña que persigue un objetivo infantil. Tomé tu brazo y tironeé de él para que notaras mi presencia.
-Don Orlando, ¿es usted?
Las lágrimas asomaron de inmediato. Lo reconocí enseguida. Te pareces aún tanto a él, pensaba.
-¿Mabel? Siempre me preguntaba que fue de tu vida, mi niña consentida.
Las lágrimas mojaban mi rostro y tus manos gastadas por el tiempo y las maderas  que sueles tallar secaban mis mejillas. En un intento por calmarme me abrazaste.
-Es hermoso volver a verlo. Yo…yo…No sé qué decirle.
-Yo sí. Estás muy linda, te he leído en aquella revista. Escribes estupendo, Mabelita.
Mi corazón saltaba de alegría al verlo. Pero una duda mayor saltaba a la vista. Era inevitable hablar de él: su hijo.
 -¿Y cómo está Fabricio?
-Bien. Ha formalizado con Paolita y se van a casar. Está muy feliz, ¿puedes creer que va a terminar por fin una carrera?
Reímos divertidos. Fabricio solía ser descuidado en los estudios. Le hacía los trabajos para que no reprobara materias.
Me sentí aliviada al saberlo feliz. Fabricio fue mi compañero por 5 eternos años. La vida tenía caminos diferentes para ambos. Y hoy esa misma vida me encuentra con su padre, un hombre al que quise mucho.
El cariño no se pierde y aunque su hijo no sea más mi novio él será mi eterno suegro.
Lo despedí con un interminable abrazo, agradeciéndole por las galletitas que solía comprarme cuando sabia que iría a su casa. Cuando fue a verme al hospital aquella vez. Cuando su hijo de alguna manera me dañaba y salía a defenderme. Cuando era más que un suegro, era todo un padre.

lunes, 18 de febrero de 2013

Café amargo


Hace unos días decidí verte. Me negaba pues sabía bien de tu aguda lengua que no conoce de permisos, y me atacar con verdades. Sí, esas que a veces duelen más que un golpe. Distinguido como siempre, te acercaste y besaste mi mejilla sin avistarlo. Acto seguido, ese cariñoso apelativo que me asignaste salió de tu boca: “bela”. Fuimos por unos cafés al Starbucks, al que nos gustaba ir por su privacidad en Miraflores.  
Conversamos amenamente por casi una hora, tu risa de niño tierno reflejaba que no habías cambiado. Y no quería comprobarlo. Pero me tocaría saberlo de la peor manera, afrontándome una vez más a la pregunta que prefería evadir.
*Y Bela, ¿sigues con ESE?
Cómo resaltaba tu ironía al mencionarlo.
-Sí.
Escuetamente contesté a tu puñal.
*La otra, el reemplazo, paño de lágrimas y así mil y un apelativos del vulgo popular te calzan de forma infortunada. Sí sabes que nunca me cansaré de repetírtelo ¿verdad?
-Por eso no quería verte más.
*Pues dile a tu noviecito que deje de escribir tan alegremente de ella en sus libros, dejándote como la idiota de la historia.
En mis ojos se amotinaron lágrimas que a fuerza empujaban por salir.
*Ya estoy harto de ese cuentito tuyo, ¿No te das cuenta que ese imbécil no está, estuvo, ni estará enamorado de ti? Te creía inteligente Bela.
Cada vez que hablábamos solíamos beber un café, que por más edulcorante que le echase siempre me sabía amargo al acompañarlo con tus palabras.
-Ya me cansé de que cada vez que nos veamos solo tengas palabras de insulto para mí. A ti qué te importa si me quiere o no. Ya es mi problema.
*¿Será que es porque te amo? ¿Y no soporto saberte infeliz? Si me dieras la oportunidad yo…
Era el verdadero motivo de nuestras conversaciones inconclusas, encuentros eventuales. Segundos antes de pararme ofendida de aquel café oía de tu boca esa frase que me lastimaba: “Te amo”. Después de esas citas Marcos y yo no volvimos a ser los mismos. Ya no era ese amigo al que recurría a llorar cuando “ese” me hacía daño. Ya no podía decirte que me acompañes a comprar ropa porque tus ojos eran otros, ya no tironeabas de mí y reías a carcajadas con mis ocurrencias. Simplemente ya no eras el mismo, y aún así terminara mi relación con mi insufrible amor, pasarías a ser ese paño que hoy soy, esa otra que me consideras, ese reemplazo que no mereces ser tú, pero sí por mi idiotez yo.


La canción quizá no tenga que ver con el post, pero sonó cuando estaba con Marcos en aquel café.