Hola,
cariño, ¿cómo amaneciste? Por la sorpresa en tu rostro imagino que ya se te
hizo tarde. ¿Cuándo entenderás que acostarte a las tres escribiendo las
historias de tu blog te quitan mucho tiempo y alejan de tus responsabilidades?
Bah, nunca me escuchas. ¿Oíste la puerta? Sí, es tu abue con ese jugo mañanero
que te salva el estómago. Pues sin él en unas horas desmayarías en pleno
laburo. ¿Aún te vas a poner a pensar qué polo combina con tu chompa? Tú sí eres
un loco, si todas tienen rayas negras las que “caen bien con todo”. Tu escusa
barata para usarlas. Vístete de una buena vez. Pero te detienes y miras tu
celular a ver si hay un mensaje de ella. Pero no, no lo está.
Bajas
rápido, apenas y te despides de tu familia. Sales al paradero y miras la hora
en tu móvil. Ya es tarde. Lo mejor será tomar un colectivo que te dejará más
cerca a tu destino. Aguardando por uno semivacío preguntas si va a la plaza San
Martín. No sé por qué lo haces si todos tienen ese destino. Subes y vuelves a
mirar tu celular. Piensas que a diario una voz te acompañaba camino al trabajo.
Pero buscas entre los contactos y no, no lo está.
Ya en tu
posición te dan las doce, qué rápido se te pasan las horas peleando con la
gente ¿no? Deja de ser tan flojo y no guardes tantos contactos para llamar
luego. Insisto que si son un no fideliza
debieras botarlos de a pocos de tu agenda. Ves la hora en esa pc. Aún falta
mucho para las cinco. Por qué lo haces querido ¿Alguien te espera a esa hora?
Sales a comer, te distraes charlando amenamente con tus compañeras. ¿Algún
chisme del día? ¿Quién renuncia? ¿Qué nueva irregularidad ocurrió con esa
empresa que tanto odias y amas? Quedan unos minutos, revisas nuevamente el
celular. Sí, un mensaje de texto, sorpresa la tuya al abrirlo: “Fernando
necesito de tu ayuda, hablamos luego ¿ok?”, tu mejor amiga. Era ella. Pero algo
en tu interior esperaba que fuese otra persona. Pero no, ese mensaje de ella no
lo está.
Son las
4:57, a tres minutos de salir de tu centro de labores. La ansiedad te gana y
quieres salir pero… un fuerte ruido te arranca la ilusión. Cayó una llamada.
Sabes que debes contestarlo, tu líder te está mirando mal. Vaya calvario, te
tomó 10 minutos atenderlo. Contaste cada segundo ¿no? Hasta que aceptó quedarse
con la basura que le ofrece tu empresa. Apagas la computadora y huyes camino
hacia ese lugar secreto de tu trabajo que solo ella y tú conocen. Caminas,
apresuras el paso, terminas corriendo y llegas. ¿Qué esperabas, hallarla
sentada en el piso esperando por ti? ¿Viéndola sumisa y con sus ojos
destellando de amor por ti? ¿Con algún dulce o sorpresa para ti? Y que le dirías ¿Quítate los aretes amor?
¿Disculpa haberte hecho esperar, tú sabes como es mi trabajo? Pero no podías
hacerlo porque no, no lo está.
Sales del
lugar, quedas pensativo ¿Qué pasó? ¿Por qué no vino? Piensas incierto. Bajas
por el piso sétimo, ¿acaso no era ahí donde siempre despedías a alguien? “Corre,
marca y entra rápido que se te hace tarde, conéctate de la valla sino.” ¿Por qué esa frase no volvió a salir de tu
boca? Sentiste que te ataron la lengua ¿no? Tus labios no están impregnados de
un sabor a miel, tu chompa no lleva el perfume ese que dijiste te gustaba.
Caminas, miras adentro de esa sala buscando pero no, no lo está.
Saliste de
la empresa y caminas por todo ese trayecto que un día te encontraron con sus
ojos, grandes y negros ojos. Rememoras aquella vez primera que hablaron. ¿Recuerdas
cuando descaradamente te saludó y se fue sin oír tu despedida? Llegaste a esa
esquina tan peligrosa pero que lleva consigo el comienzo de una historia. Vestía una
chompa roja, encima otra ploma, unas balerinas del mismo color que hacían juego.
Sus cabellos alborotados, su sello personal. Caminaste una cuadra más, pasaste
la iglesia, te latía el corazón a mil. Llegaste a esa esquina donde un hombre
suele “jalar” gente. Más allá una fotocopiadora, la ves, agudizas tu vista para
que no se te escape detalle. Una cara conocida te mira a lo lejos y voltea la
vista. La reconocerías fácilmente. Vestía de negro luto. Su rostro un poco
desencajado te asustó. De pronto caminó hacia ti, te dio un papel y se fue hacia el otro
lado de la calle y se perdió entre los autos. Te quedaste parado, por un
momento no te hallaste, para ubicarte alzaste la mirada, estabas fuera de una
universidad. Esperaste cinco minutos más ¿Quién llegaría Fernando? ¿Habías
concertado alguna cita? Recuerdas que sí pero no llegó, no está, no lo está.
Decidiste
partir, con una extraña sensación de vacío, ¿qué rayos te pasaba Fernando, es
que te estabas volviendo loco? Llegaste al paradero, pero al frente vez pasar
varios carros con destino la avenida Grau. Cruzas, miras hacia todos los
lados sin hallar respuesta a tu interrogante. Un joven en él despide a su novia
diciéndole: “Llámame cuando llegues ¿ok? Te quiero”, acto seguido un beso ¿Esa
rutina no se te hacia familiar? Lloras, no sabes por qué. Sigues buscando a
alguien. Cariño, pareces paranoico. Tu mirada intenta crear a eso que
esperabas, pero ni tu imaginación la evoca. Y no, una vez más no lo está.
Corres, subes al primer auto semivacío,
alcanzas sitio. Colocas tus audífonos en tus oídos y a todo volumen oyes esa
música estruendosa que me fastidia. Fastidiaba. Una lágrima cae de tu rostro ¿Qué te pasó,
Fer? ¿Lograste dar con eso que te inquietó el día entero? Pasas por el paradero
que da camino a Mirones, ¿te trae algún recuerdo ese lugar? A unas cuadras más está
tu destino. Bajas, pagas con una moneda y caminas. La gente te mira, son
evidentes tus lágrimas corazón, disimúlalas un poco, no eres así. Abres la
puerta de tu morada y corres a tu habitación. Arrojas al suelo la mochila que
carga tu almuerzo diario y te tiras a la cama a llorar cual bebe desconsolado.
Y por fin recuerdas.
Ella murió, hace unos días de un infarto.
Nadie quiso avisarte, tres meses después lo supiste y la rabia te come. Pues
ese “hasta pronto” que le prometiste se convirtió en ese “adiós” que ella te
pregonó en la cara. Perdón, que yo te pregoné en la cara. Escribí estas línea
casi convaleciente, y le pedí a mi mejor amiga que te las diera. Sé que con
mala cara lo hizo, tarde pero lo hizo. Lamento no estar más ahí para ti, pero
es que el tiempo se me agotó. No tenía pre diabetes, tenía cáncer. Y estos
últimos meses, desde que nos separamos, me consumió toda y no quería me recuerdes así.
Quiero que sepas que te quise mucho, bah, aún en mi otra vida te quiero. Aún te
espero, aquí te espero, sé que pronto nos encontraremos y me amarás tanto como
yo a ti. Mientras tanto sé feliz en esta vida. Que en la otra aguardaré aún por
ti, por un nosotros.
Y siempre nos pasan cosas que nos duelen, el adiós a un ser querido marca. A modo de broma cruel hice esta nota.