lunes, 4 de marzo de 2013

PRIMER DIA DE CLASES


Creo que medía un metro y "tantito" más. Aquella falda gris lograba cubrir mis delgadas piernas. Una blusa blanca y medias hasta las rodillas cubrían el resto de mi piel. La emoción era grande, un poquito de libertad era lo que iba a tener al entrar al colegio. Mamá me tomaba de la mano y cargaba mi mochila, con rueditas, muy a la moda. Yo sontenía mi lonchera, que por mi tamaño, más parecía un cooler: Caminaba presurosa por la vereda. Ya a pocos metros estaba ese lugar.
Era enorme, para mi pequeño ser realmente lo era, muchas niñas iguales a mi me resultó sorpresivo. Mi rostro alegre se torno preocupado. Mami tomó unas monedas y, creo, que compró un “frugos” y unas galletitas de vainilla: “De crema no Anni, te mancharás el uniforme”, sentenciaba ella.  
Luego compró una cinta blanca y la ató fuertemente a mis cabellos. En adelante se convirtió en un acto religioso de cada mañana: moño, cinta blanca y “pili-mili”. Ver a tantas niñas vestidas como yo resultaba extraño, ¿Me hacia entrar en confianza? Pues no, seguían siendo unas perfectas desconocidas.
La hora de la despedida estaba cerca, mamá entró conmigo, yo esperaba que entrara a mi salón. Su última compra fue un agenda con una virgencita en la portada: “Ella te va a cuidar hasta que te recoja a la salida”, me dijo.
De pronto gritos, llantos y pataletas de niñas me aterraron enormemente. “No me quiero quedar”, le dije a mamá esperando que me llevase de vuelta a casa. Pero no fue así. Mis ojos brillaban y dieron paso a pequeñas lagrimillas que no conmovían a mamá. Me dio un beso y me dijo que todo estaría bien, yo no le creí.
La vi irse y la pena me invadía. Pero obedecí y caminé hacia el patio. Era muy grande, “me voy a perder”, pensaba. Una bella mujer se me acercó de pronto y me dijo: “muñequita, aquí están tus compañeritas”, pero ¿qué había del “no hables con extraños”?, debía hacer caso, ¿o no?. Estaba contrariada, pero el ángel que emanaba aquella mujer me obligó a extenderle mi mano y seguirla.
Minutos después ya me encontraba en clase. Una niña se sentó a mi lado y me preguntó ¿Cómo te llamas? A partir de entonces era Anna, Anni, Anel, la chata, he infinidad de nombres y sobre nombres que cariñosamente me asignaron todas las amigas que hice en aquel colegio. Hoy lo recuerdo con nostalgia y gratitud porque no solo el conocimiento intelectual me fue asignado, sino una educación digna de una princesa, y ahora, a mi edad, de toda una dama. 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Un padre asignado


Hace algunas tardes me encontraba merodeando por las calles del Centro de Lima. Usual en mí, vivo por la zona y me la conozco de memoria. También es común verme con audífonos a todo lo que da, de modo que se me haga imperceptible cualquier eventualidad que moleste mi recorrido. El grisáceo cielo  presagiaba un momento entrañable. Y entre tanta gente pude verlo a él. “¿Orlando? Imposible”. Camisa a rayas y caminar presuroso, como si el tiempo siempre fuera su enemigo. Solía decirle que tomara las cosas con calma, un poco más a la ligera. El y su risa incrédula no daban crédito a mis palabras y solo decía “no puedo ver la vida igual que tú a través de esos ojos quinceañeros, mi niña consentida”. Me resultaba imposible tu presencia en aquellas calles y entré en el dilema: ¿me acerco? ¿Aún me recordará? No pude evitarlo. Corrí a tu encuentro como una niña que persigue un objetivo infantil. Tomé tu brazo y tironeé de él para que notaras mi presencia.
-Don Orlando, ¿es usted?
Las lágrimas asomaron de inmediato. Lo reconocí enseguida. Te pareces aún tanto a él, pensaba.
-¿Mabel? Siempre me preguntaba que fue de tu vida, mi niña consentida.
Las lágrimas mojaban mi rostro y tus manos gastadas por el tiempo y las maderas  que sueles tallar secaban mis mejillas. En un intento por calmarme me abrazaste.
-Es hermoso volver a verlo. Yo…yo…No sé qué decirle.
-Yo sí. Estás muy linda, te he leído en aquella revista. Escribes estupendo, Mabelita.
Mi corazón saltaba de alegría al verlo. Pero una duda mayor saltaba a la vista. Era inevitable hablar de él: su hijo.
 -¿Y cómo está Fabricio?
-Bien. Ha formalizado con Paolita y se van a casar. Está muy feliz, ¿puedes creer que va a terminar por fin una carrera?
Reímos divertidos. Fabricio solía ser descuidado en los estudios. Le hacía los trabajos para que no reprobara materias.
Me sentí aliviada al saberlo feliz. Fabricio fue mi compañero por 5 eternos años. La vida tenía caminos diferentes para ambos. Y hoy esa misma vida me encuentra con su padre, un hombre al que quise mucho.
El cariño no se pierde y aunque su hijo no sea más mi novio él será mi eterno suegro.
Lo despedí con un interminable abrazo, agradeciéndole por las galletitas que solía comprarme cuando sabia que iría a su casa. Cuando fue a verme al hospital aquella vez. Cuando su hijo de alguna manera me dañaba y salía a defenderme. Cuando era más que un suegro, era todo un padre.

lunes, 18 de febrero de 2013

Café amargo


Hace unos días decidí verte. Me negaba pues sabía bien de tu aguda lengua que no conoce de permisos, y me atacar con verdades. Sí, esas que a veces duelen más que un golpe. Distinguido como siempre, te acercaste y besaste mi mejilla sin avistarlo. Acto seguido, ese cariñoso apelativo que me asignaste salió de tu boca: “bela”. Fuimos por unos cafés al Starbucks, al que nos gustaba ir por su privacidad en Miraflores.  
Conversamos amenamente por casi una hora, tu risa de niño tierno reflejaba que no habías cambiado. Y no quería comprobarlo. Pero me tocaría saberlo de la peor manera, afrontándome una vez más a la pregunta que prefería evadir.
*Y Bela, ¿sigues con ESE?
Cómo resaltaba tu ironía al mencionarlo.
-Sí.
Escuetamente contesté a tu puñal.
*La otra, el reemplazo, paño de lágrimas y así mil y un apelativos del vulgo popular te calzan de forma infortunada. Sí sabes que nunca me cansaré de repetírtelo ¿verdad?
-Por eso no quería verte más.
*Pues dile a tu noviecito que deje de escribir tan alegremente de ella en sus libros, dejándote como la idiota de la historia.
En mis ojos se amotinaron lágrimas que a fuerza empujaban por salir.
*Ya estoy harto de ese cuentito tuyo, ¿No te das cuenta que ese imbécil no está, estuvo, ni estará enamorado de ti? Te creía inteligente Bela.
Cada vez que hablábamos solíamos beber un café, que por más edulcorante que le echase siempre me sabía amargo al acompañarlo con tus palabras.
-Ya me cansé de que cada vez que nos veamos solo tengas palabras de insulto para mí. A ti qué te importa si me quiere o no. Ya es mi problema.
*¿Será que es porque te amo? ¿Y no soporto saberte infeliz? Si me dieras la oportunidad yo…
Era el verdadero motivo de nuestras conversaciones inconclusas, encuentros eventuales. Segundos antes de pararme ofendida de aquel café oía de tu boca esa frase que me lastimaba: “Te amo”. Después de esas citas Marcos y yo no volvimos a ser los mismos. Ya no era ese amigo al que recurría a llorar cuando “ese” me hacía daño. Ya no podía decirte que me acompañes a comprar ropa porque tus ojos eran otros, ya no tironeabas de mí y reías a carcajadas con mis ocurrencias. Simplemente ya no eras el mismo, y aún así terminara mi relación con mi insufrible amor, pasarías a ser ese paño que hoy soy, esa otra que me consideras, ese reemplazo que no mereces ser tú, pero sí por mi idiotez yo.


La canción quizá no tenga que ver con el post, pero sonó cuando estaba con Marcos en aquel café.  

lunes, 22 de octubre de 2012

AUSENCIA


Hola, cariño, ¿cómo amaneciste? Por la sorpresa en tu rostro imagino que ya se te hizo tarde. ¿Cuándo entenderás que acostarte a las tres escribiendo las historias de tu blog te quitan mucho tiempo y alejan de tus responsabilidades? Bah, nunca me escuchas. ¿Oíste la puerta? Sí, es tu abue con ese jugo mañanero que te salva el estómago. Pues sin él en unas horas desmayarías en pleno laburo. ¿Aún te vas a poner a pensar qué polo combina con tu chompa? Tú sí eres un loco, si todas tienen rayas negras las que “caen bien con todo”. Tu escusa barata para usarlas. Vístete de una buena vez. Pero te detienes y miras tu celular a ver si hay un mensaje de ella. Pero no, no lo está.

Bajas rápido, apenas y te despides de tu familia. Sales al paradero y miras la hora en tu móvil. Ya es tarde. Lo mejor será tomar un colectivo que te dejará más cerca a tu destino. Aguardando por uno semivacío preguntas si va a la plaza San Martín. No sé por qué lo haces si todos tienen ese destino. Subes y vuelves a mirar tu celular. Piensas que a diario una voz te acompañaba camino al trabajo. Pero buscas entre los contactos y no, no lo está.

Ya en tu posición te dan las doce, qué rápido se te pasan las horas peleando con la gente ¿no? Deja de ser tan flojo y no guardes tantos contactos para llamar luego. Insisto que si son un no fideliza debieras botarlos de a pocos de tu agenda. Ves la hora en esa pc. Aún falta mucho para las cinco. Por qué lo haces querido ¿Alguien te espera a esa hora? Sales a comer, te distraes charlando amenamente con tus compañeras. ¿Algún chisme del día? ¿Quién renuncia? ¿Qué nueva irregularidad ocurrió con esa empresa que tanto odias y amas? Quedan unos minutos, revisas nuevamente el celular. Sí, un mensaje de texto, sorpresa la tuya al abrirlo: “Fernando necesito de tu ayuda, hablamos luego ¿ok?”, tu mejor amiga. Era ella. Pero algo en tu interior esperaba que fuese otra persona. Pero no, ese mensaje de ella no lo está.

Son las 4:57, a tres minutos de salir de tu centro de labores. La ansiedad te gana y quieres salir pero… un fuerte ruido te arranca la ilusión. Cayó una llamada. Sabes que debes contestarlo, tu líder te está mirando mal. Vaya calvario, te tomó 10 minutos atenderlo. Contaste cada segundo ¿no? Hasta que aceptó quedarse con la basura que le ofrece tu empresa. Apagas la computadora y huyes camino hacia ese lugar secreto de tu trabajo que solo ella y tú conocen. Caminas, apresuras el paso, terminas corriendo y llegas. ¿Qué esperabas, hallarla sentada en el piso esperando por ti? ¿Viéndola sumisa y con sus ojos destellando de amor por ti? ¿Con algún dulce o sorpresa para ti?  Y que le dirías ¿Quítate los aretes amor? ¿Disculpa haberte hecho esperar, tú sabes como es mi trabajo? Pero no podías hacerlo porque no, no lo está.

Sales del lugar, quedas pensativo ¿Qué pasó? ¿Por qu­é no vino? Piensas incierto. Bajas por el piso sétimo, ¿acaso no era ahí donde siempre despedías a alguien? “Corre, marca y entra rápido que se te hace tarde, conéctate de la valla sino.” ¿Por qué esa frase no volvió a salir de tu boca? Sentiste que te ataron la lengua ¿no? Tus labios no están impregnados de un sabor a miel, tu chompa no lleva el perfume ese que dijiste te gustaba. Caminas, miras adentro de esa sala buscando pero no, no lo está.

Saliste de la empresa y caminas por todo ese trayecto que un día te encontraron con sus ojos, grandes y negros ojos. Rememoras aquella vez primera que hablaron. ¿Recuerdas cuando descaradamente te saludó y se fue sin oír tu despedida? Llegaste a esa esquina tan peligrosa pero que lleva consigo el comienzo de una historia. Vestía una chompa roja, encima otra ploma, unas balerinas del mismo color que hacían juego. Sus cabellos alborotados, su sello personal. Caminaste una cuadra más, pasaste la iglesia, te latía el corazón a mil. Llegaste a esa esquina donde un hombre suele “jalar” gente. Más allá una fotocopiadora, la ves, agudizas tu vista para que no se te escape detalle. Una cara conocida te mira a lo lejos y voltea la vista. La reconocerías fácilmente. Vestía de negro luto. Su rostro un poco desencajado te asustó. De pronto caminó hacia ti, te dio un papel y se fue hacia el otro lado de la calle y se perdió entre los autos. Te quedaste parado, por un momento no te hallaste, para ubicarte alzaste la mirada, estabas fuera de una universidad. Esperaste cinco minutos más ¿Quién llegaría Fernando? ¿Habías concertado alguna cita? Recuerdas que sí pero no llegó, no está, no lo está.

Decidiste partir, con una extraña sensación de vacío, ¿qué rayos te pasaba Fernando, es que te estabas volviendo loco? Llegaste al paradero, pero al frente vez pasar varios carros con destino la avenida Grau. Cruzas, miras hacia todos los lados sin hallar respuesta a tu interrogante. Un joven en él despide a su novia diciéndole: “Llámame cuando llegues ¿ok? Te quiero”, acto seguido un beso ¿Esa rutina no se te hacia familiar? Lloras, no sabes por qué. Sigues buscando a alguien. Cariño, pareces paranoico. Tu mirada intenta crear a eso que esperabas, pero ni tu imaginación la evoca. Y no, una vez más no lo está.

Corres, subes al primer auto semivacío, alcanzas sitio. Colocas tus audífonos en tus oídos y a todo volumen oyes esa música estruendosa que me fastidia. Fastidiaba. Una lágrima cae de tu rostro ¿Qué te pasó, Fer? ¿Lograste dar con eso que te inquietó el día entero? Pasas por el paradero que da camino a Mirones, ¿te trae algún recuerdo ese lugar? A unas cuadras más está tu destino. Bajas, pagas con una moneda y caminas. La gente te mira, son evidentes tus lágrimas corazón, disimúlalas un poco, no eres así. Abres la puerta de tu morada y corres a tu habitación. Arrojas al suelo la mochila que carga tu almuerzo diario y te tiras a la cama a llorar cual bebe desconsolado. Y por fin recuerdas.

Ella murió, hace unos días de un infarto. Nadie quiso avisarte, tres meses después lo supiste y la rabia te come. Pues ese “hasta pronto” que le prometiste se convirtió en ese “adiós” que ella te pregonó en la cara. Perdón, que yo te pregoné en la cara. Escribí estas línea casi convaleciente, y le pedí a mi mejor amiga que te las diera. Sé que con mala cara lo hizo, tarde pero lo hizo. Lamento no estar más ahí para ti, pero es que el tiempo se me agotó. No tenía pre diabetes, tenía cáncer. Y estos últimos meses, desde que nos separamos,  me consumió toda y no quería me recuerdes así. Quiero que sepas que te quise mucho, bah, aún en mi otra vida te quiero. Aún te espero, aquí te espero, sé que pronto nos encontraremos y me amarás tanto como yo a ti. Mientras tanto sé feliz en esta vida. Que en la otra aguardaré aún por ti, por un nosotros.
Y siempre nos pasan cosas que nos duelen, el adiós a un ser querido marca. A modo de broma cruel hice esta nota.

viernes, 19 de octubre de 2012

UNA VEZ MAS: ME EQUIVOQUE


“Me equivoqué, nunca te quise, la verdad solo te veía como una amiga, una mejor amiga”. Así empezó el monólogo de mi amado, despidiéndose sin el menor reparo de otra ex más. Hace días lo notaba extraño, ese afecto con el cual empezó todo se deterioró. Me sentía la gran culpable, la que no fue suficiente para un hombre como él. Dejé que me explorara como nadie por el simple hecho de placerlo. Pero no, no fue suficiente.  Dejé de lado a personas que realmente sabían, sin ser adivinos, de mi futuro con él. Quienes todo el tiempo me repetían que no era lo que yo merecía. Tarde me di cuenta del por qué.

Porque no me calzabas, porque no me hacías lucir bien, porque no éramos uno. Dejé pasar mis frivolidades, pero con el tiempo tal vez estas saldrían a flote. Ahora no soy más que una sombra gris que se oscurece más ante un rayo de luz. Unos ojos que por más maquillaje que les ponga evidencian su pena infinita. Un rostro pálido y un cuerpo escondido bajo mil prendas. Pero me llegó la depresión, esa que viene cuando tú te vas. Esa que sabe Dios que haga conmigo, a la cual me someteré misma esclava sin reproches. Pero es que ya no tengo fuerzas, me extenuaste.

Aún retumban en mi cabeza todas esas palabras que con crueldad salían de tu boca. Lloro, y no es suficiente. Me rasgué los brazos, y no es suficiente. Tomé 4 pastillas, y no fue suficiente. Pero al parecer aún hay un designio para mi vida, mientras llega yo aguardaré concentrada perfectamente en mi único y fiel amor: mi profesión. A quien también alejé de mi vida por ti.

Hoy la retomo, retomo mi relación con ella. Quiero darle todo porque se lo merece, es la única que me entiende y alivia. No soy fuerte, nunca lo fui. Pero de todo se aprende en esta vida ¿no? Solo le pido que no sea tan injusta de hacer que me cruce contigo. Que no vuelva a ver esa mirada que me desahuciaba. No volver a sentir cerca tu presencia que me alejaba de cualquier compostura o raciocinio. Que impida que cuando vea un hombre con una chompa a rayas negras corra a abrazarlo. Que no afloren números de mi cabeza y que al hilvanarlos tenga la forma de dar contigo.

Te adoro, aún lo haré quién sabe por cuánto tiempo más. Porque el refugio que hallé en ti me libraba de todo mal. Menos el tuyo. Te llevaste mi corazón, tenle algo de respeto. Y no le llores, no le pidas perdón. Ahorita es un sordo más. Simplemente ignóralo. Sé feliz, con la princesa de tus sueños, con esa por quien te vas. Por ese fantasma que en breve, estoy segura, se ha de materializar en cuerpo y se llenará del tuyo en ese hotel. Sé muy feliz y agradecido con la vida. Triunfa, lo mereces. Y una cosa más: aclárate en tus ideas, si es preciso enciérrate por unos años hasta estar convencido de lo que realmente quieres. Y cuando escojas para bien o mal asumas sus consecuencias y nunca te arrepientas pues al fin y al cabo era lo que dado un momento en este espacio y tiempo querías.

Me despido con un adiós, ya que cuando la vida te vuelva  poner en mi camino serás un remoto pasado que no, no fue mejor. Espero puedas remembrar una de las frases que dije pues: yo perdono, pero nunca olvido. Y lo que pasó ya marcado esta… Adiós cariño, adiós "mensito".

sábado, 22 de septiembre de 2012

PRINCIPE CAIDO. DESTERRADA DE DISNEY.


Yo estaba decidida a verlo como amigo. Habían pasado muchos años en los cuales callé un amor tan intenso como absurdo por Leandro.  Lo conocí cuando ambos nos preparábamos en la misma academia para ingresar a la universidad. No tenía nada de especial, de diferente. Pero mis pupilas se impregnaron de su ser y hasta hoy no lo pude olvidar. Siempre soñé con estar al lado de un hombre bueno, dulce, alegre, inteligente y por qué no, simpático. Y así fue como día a día me convencía de que realmente era la persona indicada para mí,  aquel hombre que orgullosa podría jactarme de haber conseguido el amor verdadero. Sí, el tan ansiado y pocas veces hallado príncipe azul.

Con el tiempo me convertí en su diario, en su almohada, a quien recurría para contarle sus amores y desamores, venturas y desventuras, de las cuales solo era partícipe cuando las oía. Una noche, entusiasmada por conversar con él por el chat, eché a mi hermana de la computadora con la típica escusa de la tarea. A regañadientas ella cedió, pero como es mi hermana me conoce más de lo que quisiera “Hay Isa, ese brillo en tus ojos no es precisamente por amor a y tu carrera”, yo reí nerviosa y atiné a decir “qué ocurrente eres Paty”, ella se fue no muy convencida de mi respuesta.

Como por inercia coloqué la contraseña de mi clave secreta del Facebook. Bendita red social que se inventó para acercar y también desunir a las personas. En esa situación me encontraba. Veo que se encontraba Leandro conectado. “¿Le hablo?, mejor espero algunos segundos. Pero ¿si se desconecta?, no mejor le hablo”. Encrucijada en la que cada noche me veía envuelta al momento de iniciar la conversación. Al parecer él tenía algo qué decir. Inició para mi felicidad la conversación. “Isa, ¿cómo has estado?, yo mal, tengo mucho que contarte”. De lo más ingenua y hasta contenta decidí hacerlo.

El último fin de semana él acudió a una fiesta con sus amigos de la facultad. Fiesta en a la que también fuera aquella chica de la que Leandro quedó prendido. Hasta ese momento podía tolerar que me hablase de Amanda, al fin y al cabo ella nunca le hacía caso. Hasta esa noche. La efervescencia de la velada hizo de las suyas, los tragos iban y venían, el control y los escrúpulos desaparecían de la fiesta. Ella tomó de más. Leo en un afán de cuidarla se acercó a vigilar cada paso que daba. Al notar el estado en el que se encontraba no le quedó más remedio que acercarse  y llevarla a una habitación.

Camino a la alcoba Amanda se despojaba de sus, de por sí, diminutas prendas mientras Leandro iba perdiendo la razón. En un juego de atracción ella lo seduce al compás de la música y él queda prendido en su cuerpo. Las puertas se cierran, sus corazones se abren. Una entrega furtiva fue el resultado de aquella noche.

No daba crédito a lo que mis ojos llenos de lágrimas leían, qué hay de aquello que yo creía: “¿al final se dará cuenta que yo soy su verdadero amor y se quedará a mi lado por siempre”? No, eso solo pasaba en el cuento de hadas en el que decidí meterme sin permiso alguno. Por unos minutos mi pecho se estrujó de tal manera que mis lágrimas parecían la sangre que brotaba producto de la opresión de mi corazón. El dolor era fuerte, infinito, inconsolable. Atiné a secar mi llanto con mis manos. Vi la pantalla y él preguntaba si aún seguía ahí. Y la verdad es que no, ya no estaba ahí. Me sacó a patadas de aquel mundo de ilusión que soñaba para los dos. Lo único que pude decir fue: “Que sean felices”, típica frase de perdedores como yo que no alcanzan el amor. Cerré la ventana y salí de la computadora. Huí a mi cuarto, tiré al piso cada uno de los peluches de Disney que aún conservaba de mi niñez. Sumergida en mi tristeza me di cuenta que los cuentos, cuentos son. Y que los príncipes quedaron atrapados en esos libros de muchos colores que de forma errónea nos obsequian en nuestros cumpleaños. Que esa noche me habían desterrado de ese mundo, del cual yo creía ser parte. Parto de Disney, parto de un mundo que solo en sueños fue.

Niñas que aún (como yo) sueñan con el principe azul de cuento que con un beso nos despierte del letargo en el cual estamos inmerzas. Les cuento un secreto: NO EXISTE. No busquen a alguien perfecto, solo a un hombre de buen corazón que nos quiera como somos. Unas princesas.

viernes, 21 de septiembre de 2012

EMERGENCIAS


Estaba soñando pavada y media, como pocas veces me suele ocurrir. Dicen que suele pasar después de comer cual cerdo. En medio de la noche un fuerte timbre de teléfono irrumpe mis  sueños de manera abrupta y mi corazón grita el nombre de una persona: mi abuela Delfina.

Mi madre en medio del sueño corrió a atender la llamada, dicen que las peores noticias se dan a esa hora, y así fue. Escucho que su voz se quiebra y una lisura da cuenta de la mala noticia, “mierda”, grita ofuscada.

Baje de inmediato de mi cama y corrí pateando lo que interrumpía mi marcha, ella asustada me cuenta que la abuela sufrió una caída a causa de las pastillas demás que ingirió.

Lo primero que vi fue lo que usé aquella noche. La risa de mi hermanito, que debido al alboroto se despertó, nos auguraba buenas nuevas. Pero la preocupación nos hacía ignorar su pequeña pero certera premonición. Eran las cuatro de la mañana y los taxis iban y venían repletos de gente, Hasta que uno paró y pareciendo al tanto del asunto (imagino que por nuestra expresión) aceleró la marcha y nos llevó directo a emergencias.

Ya en el lugar olvidé mis temores por esas salas, de pequeña fui un poco enfermiza y los hospitales estatales son verdaderas casas del terror que trauman a quien la pise. De pronto un taxi trae a mi abuela, la vi tan envejecida pero su risa y ganas de vivir intactas.

El médico de turno nos dijo que no era ese el hospital adecuado para atender tal emergencia, mi pánico casi entra a tallar, pero otro hospicio que estaba a pocos metros era el indicado.

Y así fue. Todos los análisis de rigor fueron hechos, con la lentitud que caracteriza a nuestros hospitales estatales, y en ese lapso mis ojos vieron cosas que desearían olvidar.

Mi abuela intentaba dormitar ligeramente, yo me acerco discreta y le digo “eso te pasa por drogadicta”, me sonrió dulcemente, pero estoy segura que cuando recuerde mis palabras algo golpeara mi cabeza.

Y así transcurrieron las horas, charlando con mi mamá, mi hermano y tíos. De pronto veo entrar a una mujer cuyo corazón soportó dos infartos consecutivos. La familia hacia todo lo posible para reanimar a su matriarca, pero al parecer la hora le había llegado.

Un tercer infarto cerró sus ojos para siempre, ante la mirada atónita de toda la sala de emergencia, ya nada se pudo hacer por ella sino rezar por que su alma se regocije en los brazos del altísimo.

El alba se llevó una vida, y también mi temor temporal por perder a mi abuela. La fatalidad llega en el momento menos pensado pero debo confesar que no me siento preparada aún para ello.  


Esta canción me la recuerda ya que a ella le gusta mucho. En honor a mi abuela V.P. esta insignificante nota.