Creo
que medía un metro y "tantito" más. Aquella falda gris lograba cubrir mis
delgadas piernas. Una blusa blanca y medias hasta las rodillas cubrían el resto
de mi piel. La emoción era grande, un poquito de libertad era lo que iba a
tener al entrar al colegio. Mamá me tomaba de la mano y cargaba mi mochila, con
rueditas, muy a la moda. Yo sontenía mi lonchera, que por mi tamaño, más
parecía un cooler: Caminaba presurosa por la vereda. Ya a pocos metros estaba
ese lugar.
Era
enorme, para mi pequeño ser realmente lo era, muchas niñas iguales a mi me
resultó sorpresivo. Mi rostro alegre se torno preocupado. Mami tomó unas
monedas y, creo, que compró un “frugos” y unas galletitas de vainilla: “De
crema no Anni, te mancharás el uniforme”, sentenciaba ella.
Luego
compró una cinta blanca y la ató fuertemente a mis cabellos. En adelante se
convirtió en un acto religioso de cada mañana: moño, cinta blanca y “pili-mili”.
Ver a tantas niñas vestidas como yo resultaba extraño, ¿Me hacia entrar en
confianza? Pues no, seguían siendo unas perfectas desconocidas.
La
hora de la despedida estaba cerca, mamá entró conmigo, yo esperaba que entrara
a mi salón. Su última compra fue un agenda con una virgencita en la portada: “Ella
te va a cuidar hasta que te recoja a la salida”, me dijo.
De
pronto gritos, llantos y pataletas de niñas me aterraron enormemente. “No me
quiero quedar”, le dije a mamá esperando que me llevase de vuelta a casa. Pero
no fue así. Mis ojos brillaban y dieron paso a pequeñas lagrimillas que no conmovían
a mamá. Me dio un beso y me dijo que todo estaría bien, yo no le creí.
La
vi irse y la pena me invadía. Pero obedecí y caminé hacia el patio. Era muy
grande, “me voy a perder”, pensaba. Una bella mujer se me acercó de pronto y me
dijo: “muñequita, aquí están tus compañeritas”, pero ¿qué había del “no hables
con extraños”?, debía hacer caso, ¿o no?. Estaba contrariada, pero el ángel que
emanaba aquella mujer me obligó a extenderle mi mano y seguirla.
Minutos
después ya me encontraba en clase. Una niña se sentó a mi lado y me preguntó ¿Cómo
te llamas? A partir de entonces era Anna, Anni, Anel, la chata, he infinidad de
nombres y sobre nombres que cariñosamente me asignaron todas las amigas que
hice en aquel colegio. Hoy lo recuerdo con nostalgia y gratitud porque no solo
el conocimiento intelectual me fue asignado, sino una educación digna de una
princesa, y ahora, a mi edad, de toda una dama.
Hace algunas tardes me encontraba merodeando
por las calles del Centro de Lima. Usual en mí, vivo por la zona y me la
conozco de memoria. También es común verme con audífonos a todo lo que da, de
modo que se me haga imperceptible cualquier eventualidad que moleste mi
recorrido. El grisáceo cielo presagiaba
un momento entrañable. Y entre tanta gente pude verlo a él. “¿Orlando?
Imposible”. Camisa a rayas y caminar presuroso, como si el tiempo siempre fuera
su enemigo. Solía decirle que tomara las cosas con calma, un poco más a la
ligera. El y su risa incrédula no daban crédito a mis palabras y solo decía “no
puedo ver la vida igual que tú a través de esos ojos quinceañeros, mi niña
consentida”. Me resultaba imposible tu presencia en aquellas calles y entré en
el dilema: ¿me acerco? ¿Aún me recordará? No pude evitarlo. Corrí a tu
encuentro como una niña que persigue un objetivo infantil. Tomé tu brazo y tironeé
de él para que notaras mi presencia.
-Don Orlando, ¿es usted?
Las lágrimas asomaron de inmediato. Lo
reconocí enseguida. Te pareces aún tanto a él, pensaba.
-¿Mabel? Siempre me preguntaba que fue de tu
vida, mi niña consentida.
Las lágrimas mojaban mi rostro y tus manos
gastadas por el tiempo y las maderas que
sueles tallar secaban mis mejillas. En un intento por calmarme me abrazaste.
-Es hermoso volver a verlo. Yo…yo…No sé qué
decirle.
-Yo sí. Estás muy linda, te he leído en
aquella revista. Escribes estupendo, Mabelita.
Mi corazón saltaba de alegría al verlo. Pero
una duda mayor saltaba a la vista. Era inevitable hablar de él: su hijo.
-¿Y
cómo está Fabricio?
-Bien. Ha formalizado con Paolita y se van a
casar. Está muy feliz, ¿puedes creer que va a terminar por fin una carrera?
Reímos divertidos. Fabricio solía ser descuidado
en los estudios. Le hacía los trabajos para que no reprobara materias.
Me sentí aliviada al saberlo feliz. Fabricio
fue mi compañero por 5 eternos años. La vida tenía caminos diferentes para
ambos. Y hoy esa misma vida me encuentra con su padre, un hombre al que quise
mucho.
El cariño no se pierde y aunque su hijo no
sea más mi novio él será mi eterno suegro.
Lo despedí con un interminable abrazo, agradeciéndole
por las galletitas que solía comprarme cuando sabia que iría a su casa. Cuando
fue a verme al hospital aquella vez. Cuando su hijo de alguna manera me dañaba
y salía a defenderme. Cuando era más que un suegro, era todo un padre.
Hace unos días decidí verte. Me
negaba pues sabía bien de tu aguda lengua que no conoce de permisos, y me
atacar con verdades. Sí, esas que a veces duelen más que un golpe. Distinguido
como siempre, te acercaste y besaste mi mejilla sin avistarlo. Acto seguido,
ese cariñoso apelativo que me asignaste salió de tu boca: “bela”. Fuimos por
unos cafés al Starbucks, al que nos gustaba ir por su privacidad en Miraflores.
Conversamos amenamente por casi
una hora, tu risa de niño tierno reflejaba que no habías cambiado. Y no quería
comprobarlo. Pero me tocaría saberlo de la peor manera, afrontándome una vez
más a la pregunta que prefería evadir.
*Y Bela, ¿sigues con ESE?
Cómo resaltaba tu ironía al
mencionarlo.
-Sí.
Escuetamente contesté a tu puñal.
*La otra, el reemplazo, paño de lágrimas
y así mil y un apelativos del vulgo popular te calzan de forma infortunada. Sí
sabes que nunca me cansaré de repetírtelo ¿verdad?
-Por eso no quería verte más.
*Pues dile a tu noviecito que
deje de escribir tan alegremente de ella en sus libros, dejándote como la
idiota de la historia.
En mis ojos se amotinaron
lágrimas que a fuerza empujaban por salir.
*Ya estoy harto de ese cuentito
tuyo, ¿No te das cuenta que ese imbécil no está, estuvo, ni estará enamorado de
ti? Te creía inteligente Bela.
Cada vez que hablábamos solíamos
beber un café, que por más edulcorante que le echase siempre me sabía amargo al
acompañarlo con tus palabras.
-Ya me cansé de que cada vez que
nos veamos solo tengas palabras de insulto para mí. A ti qué te importa si me
quiere o no. Ya es mi problema.
*¿Será que es porque te amo? ¿Y
no soporto saberte infeliz? Si me dieras la oportunidad yo…
Era el verdadero motivo de nuestras
conversaciones inconclusas, encuentros eventuales. Segundos antes de pararme
ofendida de aquel café oía de tu boca esa frase que me lastimaba: “Te amo”. Después
de esas citas Marcos y yo no volvimos a ser los mismos. Ya no era ese amigo al
que recurría a llorar cuando “ese” me hacía daño. Ya no podía decirte que me
acompañes a comprar ropa porque tus ojos eran otros, ya no tironeabas de mí y reías
a carcajadas con mis ocurrencias. Simplemente ya no eras el mismo, y aún así
terminara mi relación con mi insufrible amor, pasarías a ser ese paño que hoy
soy, esa otra que me consideras, ese reemplazo que no mereces ser tú, pero sí
por mi idiotez yo.
La canción quizá no tenga que ver con el post, pero sonó cuando estaba con Marcos en aquel café.
Hola,
cariño, ¿cómo amaneciste? Por la sorpresa en tu rostro imagino que ya se te
hizo tarde. ¿Cuándo entenderás que acostarte a las tres escribiendo las
historias de tu blog te quitan mucho tiempo y alejan de tus responsabilidades?
Bah, nunca me escuchas. ¿Oíste la puerta? Sí, es tu abue con ese jugo mañanero
que te salva el estómago. Pues sin él en unas horas desmayarías en pleno
laburo. ¿Aún te vas a poner a pensar qué polo combina con tu chompa? Tú sí eres
un loco, si todas tienen rayas negras las que “caen bien con todo”. Tu escusa
barata para usarlas. Vístete de una buena vez. Pero te detienes y miras tu
celular a ver si hay un mensaje de ella. Pero no, no lo está.
Bajas
rápido, apenas y te despides de tu familia. Sales al paradero y miras la hora
en tu móvil. Ya es tarde. Lo mejor será tomar un colectivo que te dejará más
cerca a tu destino. Aguardando por uno semivacío preguntas si va a la plaza San
Martín. No sé por qué lo haces si todos tienen ese destino. Subes y vuelves a
mirar tu celular. Piensas que a diario una voz te acompañaba camino al trabajo.
Pero buscas entre los contactos y no, no lo está.
Ya en tu
posición te dan las doce, qué rápido se te pasan las horas peleando con la
gente ¿no? Deja de ser tan flojo y no guardes tantos contactos para llamar
luego. Insisto que si son un no fideliza
debieras botarlos de a pocos de tu agenda. Ves la hora en esa pc. Aún falta
mucho para las cinco. Por qué lo haces querido ¿Alguien te espera a esa hora?
Sales a comer, te distraes charlando amenamente con tus compañeras. ¿Algún
chisme del día? ¿Quién renuncia? ¿Qué nueva irregularidad ocurrió con esa
empresa que tanto odias y amas? Quedan unos minutos, revisas nuevamente el
celular. Sí, un mensaje de texto, sorpresa la tuya al abrirlo: “Fernando
necesito de tu ayuda, hablamos luego ¿ok?”, tu mejor amiga. Era ella. Pero algo
en tu interior esperaba que fuese otra persona. Pero no, ese mensaje de ella no
lo está.
Son las
4:57, a tres minutos de salir de tu centro de labores. La ansiedad te gana y
quieres salir pero… un fuerte ruido te arranca la ilusión. Cayó una llamada.
Sabes que debes contestarlo, tu líder te está mirando mal. Vaya calvario, te
tomó 10 minutos atenderlo. Contaste cada segundo ¿no? Hasta que aceptó quedarse
con la basura que le ofrece tu empresa. Apagas la computadora y huyes camino
hacia ese lugar secreto de tu trabajo que solo ella y tú conocen. Caminas,
apresuras el paso, terminas corriendo y llegas. ¿Qué esperabas, hallarla
sentada en el piso esperando por ti? ¿Viéndola sumisa y con sus ojos
destellando de amor por ti? ¿Con algún dulce o sorpresa para ti?Y que le dirías ¿Quítate los aretes amor?
¿Disculpa haberte hecho esperar, tú sabes como es mi trabajo? Pero no podías
hacerlo porque no, no lo está.
Sales del
lugar, quedas pensativo ¿Qué pasó? ¿Por qué no vino? Piensas incierto. Bajas
por el piso sétimo, ¿acaso no era ahí donde siempre despedías a alguien? “Corre,
marca y entra rápido que se te hace tarde, conéctate de la valla sino.” ¿Por qué esa frase no volvió a salir de tu
boca? Sentiste que te ataron la lengua ¿no? Tus labios no están impregnados de
un sabor a miel, tu chompa no lleva el perfume ese que dijiste te gustaba.
Caminas, miras adentro de esa sala buscando pero no, no lo está.
Saliste de
la empresa y caminas por todo ese trayecto que un día te encontraron con sus
ojos, grandes y negros ojos. Rememoras aquella vez primera que hablaron. ¿Recuerdas
cuando descaradamente te saludó y se fue sin oír tu despedida? Llegaste a esa
esquina tan peligrosa pero que lleva consigo el comienzo de una historia. Vestía una
chompa roja, encima otra ploma, unas balerinas del mismo color que hacían juego.
Sus cabellos alborotados, su sello personal. Caminaste una cuadra más, pasaste
la iglesia, te latía el corazón a mil. Llegaste a esa esquina donde un hombre
suele “jalar” gente. Más allá una fotocopiadora, la ves, agudizas tu vista para
que no se te escape detalle. Una cara conocida te mira a lo lejos y voltea la
vista. La reconocerías fácilmente. Vestía de negro luto. Su rostro un poco
desencajado te asustó. De pronto caminó hacia ti, te dio un papel y se fue hacia el otro
lado de la calle y se perdió entre los autos. Te quedaste parado, por un
momento no te hallaste, para ubicarte alzaste la mirada, estabas fuera de una
universidad. Esperaste cinco minutos más ¿Quién llegaría Fernando? ¿Habías
concertado alguna cita? Recuerdas que sí pero no llegó, no está, no lo está.
Decidiste
partir, con una extraña sensación de vacío, ¿qué rayos te pasaba Fernando, es
que te estabas volviendo loco? Llegaste al paradero, pero al frente vez pasar
varios carros con destino la avenida Grau. Cruzas, miras hacia todos los
lados sin hallar respuesta a tu interrogante. Un joven en él despide a su novia
diciéndole: “Llámame cuando llegues ¿ok? Te quiero”, acto seguido un beso ¿Esa
rutina no se te hacia familiar? Lloras, no sabes por qué. Sigues buscando a
alguien. Cariño, pareces paranoico. Tu mirada intenta crear a eso que
esperabas, pero ni tu imaginación la evoca. Y no, una vez más no lo está.
Corres, subes al primer auto semivacío,
alcanzas sitio. Colocas tus audífonos en tus oídos y a todo volumen oyes esa
música estruendosa que me fastidia. Fastidiaba. Una lágrima cae de tu rostro ¿Qué te pasó,
Fer? ¿Lograste dar con eso que te inquietó el día entero? Pasas por el paradero
que da camino a Mirones, ¿te trae algún recuerdo ese lugar? A unas cuadras más está
tu destino. Bajas, pagas con una moneda y caminas. La gente te mira, son
evidentes tus lágrimas corazón, disimúlalas un poco, no eres así. Abres la
puerta de tu morada y corres a tu habitación. Arrojas al suelo la mochila que
carga tu almuerzo diario y te tiras a la cama a llorar cual bebe desconsolado.
Y por fin recuerdas.
Ella murió, hace unos días de un infarto.
Nadie quiso avisarte, tres meses después lo supiste y la rabia te come. Pues
ese “hasta pronto” que le prometiste se convirtió en ese “adiós” que ella te
pregonó en la cara. Perdón, que yo te pregoné en la cara. Escribí estas línea
casi convaleciente, y le pedí a mi mejor amiga que te las diera. Sé que con
mala cara lo hizo, tarde pero lo hizo. Lamento no estar más ahí para ti, pero
es que el tiempo se me agotó. No tenía pre diabetes, tenía cáncer. Y estos
últimos meses, desde que nos separamos, me consumió toda y no quería me recuerdes así.
Quiero que sepas que te quise mucho, bah, aún en mi otra vida te quiero. Aún te
espero, aquí te espero, sé que pronto nos encontraremos y me amarás tanto como
yo a ti. Mientras tanto sé feliz en esta vida. Que en la otra aguardaré aún por
ti, por un nosotros.
Y siempre nos pasan cosas que nos duelen, el adiós a un ser querido marca. A modo de broma cruel hice esta nota.
“Me
equivoqué, nunca te quise, la verdad solo te veía como una amiga, una mejor
amiga”. Así empezó el monólogo de mi amado, despidiéndose sin el menor reparo
de otra ex más. Hace días lo notaba extraño, ese afecto con el cual empezó todo
se deterioró. Me sentía la gran culpable, la que no fue suficiente para un
hombre como él. Dejé que me explorara como nadie por el simple hecho de
placerlo. Pero no, no fue suficiente. Dejé
de lado a personas que realmente sabían, sin ser adivinos, de mi futuro con él. Quienes todo el tiempo me repetían que no
era lo que yo merecía. Tarde me di cuenta del por qué.
Porque no
me calzabas, porque no me hacías lucir bien, porque no éramos uno. Dejé pasar
mis frivolidades, pero con el tiempo tal vez estas saldrían a flote. Ahora no
soy más que una sombra gris que se oscurece más ante un rayo de luz. Unos ojos
que por más maquillaje que les ponga evidencian su pena infinita. Un rostro
pálido y un cuerpo escondido bajo mil prendas. Pero me llegó la depresión, esa
que viene cuando tú te vas. Esa que sabe Dios que haga conmigo, a la cual me
someteré misma esclava sin reproches. Pero es que ya no tengo fuerzas, me
extenuaste.
Aún retumban
en mi cabeza todas esas palabras que con crueldad salían de tu boca. Lloro, y
no es suficiente. Me rasgué los brazos, y no es suficiente. Tomé 4 pastillas, y
no fue suficiente. Pero al parecer aún hay un designio para mi vida, mientras
llega yo aguardaré concentrada perfectamente en mi único y fiel amor: mi
profesión. A quien también alejé de mi vida por ti.
Hoy la
retomo, retomo mi relación con ella. Quiero darle todo porque se lo merece, es
la única que me entiende y alivia. No soy fuerte, nunca lo fui. Pero de todo se
aprende en esta vida ¿no? Solo le pido que no sea tan injusta de hacer que me
cruce contigo. Que no vuelva a ver esa mirada que me desahuciaba. No volver a sentir
cerca tu presencia que me alejaba de cualquier compostura o raciocinio. Que
impida que cuando vea un hombre con una chompa a rayas negras corra a
abrazarlo. Que no afloren números de mi cabeza y que al hilvanarlos tenga la
forma de dar contigo.
Te adoro,
aún lo haré quién sabe por cuánto tiempo más. Porque el refugio que hallé en ti
me libraba de todo mal. Menos el tuyo. Te llevaste mi corazón, tenle algo de
respeto. Y no le llores, no le pidas perdón. Ahorita es un sordo más. Simplemente
ignóralo. Sé feliz, con la princesa de tus sueños, con esa por quien te vas.
Por ese fantasma que en breve, estoy segura, se ha de materializar en cuerpo y
se llenará del tuyo en ese hotel. Sé muy feliz y agradecido con la vida.
Triunfa, lo mereces. Y una cosa más: aclárate en tus ideas, si es preciso
enciérrate por unos años hasta estar convencido de lo que realmente quieres. Y
cuando escojas para bien o mal asumas sus consecuencias y nunca te
arrepientas pues al fin y al cabo era lo que dado un momento en este espacio y
tiempo querías.
Me despido
con un adiós, ya que cuando la vida te vuelvaponer en mi camino serás un remoto pasado que no, no fue mejor. Espero
puedas remembrar una de las frases que dije pues: yo perdono, pero nunca olvido.
Y lo que pasó ya marcado esta… Adiós cariño, adiós "mensito".
Yo
estaba decidida a verlo como amigo. Habían pasado muchos años en los cuales callé
un amor tan intenso como absurdo por Leandro.Lo conocí cuando ambos nos preparábamos en la misma academia para
ingresar a la universidad. No tenía nada de especial, de diferente. Pero mis
pupilas se impregnaron de su ser y hasta hoy no lo pude olvidar. Siempre soñé
con estar al lado de un hombre bueno, dulce, alegre, inteligente y por qué no,
simpático. Y así fue como día a día me convencía de que realmente era la
persona indicada para mí,aquel hombre
que orgullosa podría jactarme de haber conseguido el amor verdadero. Sí, el tan
ansiado y pocas veces hallado príncipe azul.
Con
el tiempo me convertí en su diario, en su almohada, a quien recurría para
contarle sus amores y desamores, venturas y desventuras, de las cuales solo era
partícipe cuando las oía. Una noche, entusiasmada por conversar con él por el
chat, eché a mi hermana de la computadora con la típica escusa de la tarea. A
regañadientas ella cedió, pero como es mi hermana me conoce más de lo que
quisiera “Hay Isa, ese brillo en tus ojos no es precisamente por amor a y tu carrera”,
yo reí nerviosa y atiné a decir “qué ocurrente eres Paty”, ella se fue no muy
convencida de mi respuesta.
Como
por inercia coloqué la contraseña de mi clave secreta del Facebook. Bendita red
social que se inventó para acercar y también desunir a las personas. En esa
situación me encontraba. Veo que se encontraba Leandro conectado. “¿Le hablo?,
mejor espero algunos segundos. Pero ¿si se desconecta?, no mejor le hablo”.
Encrucijada en la que cada noche me veía envuelta al momento de iniciar la
conversación. Al parecer él tenía algo qué decir. Inició para mi felicidad la
conversación. “Isa, ¿cómo has estado?, yo mal, tengo mucho que contarte”. De lo
más ingenua y hasta contenta decidí hacerlo.
El último
fin de semana él acudió a una fiesta con sus amigos de la facultad. Fiesta en a
la que también fuera aquella chica de la que Leandro quedó prendido. Hasta ese
momento podía tolerar que me hablase de Amanda, al fin y al cabo ella nunca le
hacía caso. Hasta esa noche. La efervescencia de la velada hizo de las suyas,
los tragos iban y venían, el control y los escrúpulos desaparecían de la
fiesta. Ella tomó de más. Leo en un afán de cuidarla se acercó a vigilar cada
paso que daba. Al notar el estado en el que se encontraba no le quedó más
remedio que acercarsey llevarla a una
habitación.
Camino
a la alcoba Amanda se despojaba de sus, de por sí, diminutas prendas mientras
Leandro iba perdiendo la razón. En un juego de atracción ella lo seduce al
compás de la música y él queda prendido en su cuerpo. Las puertas se cierran,
sus corazones se abren. Una entrega furtiva fue el resultado de aquella noche.
No
daba crédito a lo que mis ojos llenos de lágrimas leían, qué hay de aquello que
yo creía: “¿al final se dará cuenta que yo soy su verdadero amor y se quedará a
mi lado por siempre”? No, eso solo pasaba en el cuento de hadas en el que
decidí meterme sin permiso alguno. Por unos minutos mi pecho se estrujó de tal
manera que mis lágrimas parecían la sangre que brotaba producto de la opresión
de mi corazón. El dolor era fuerte, infinito, inconsolable. Atiné a secar mi
llanto con mis manos. Vi la pantalla y él preguntaba si aún seguía ahí. Y la
verdad es que no, ya no estaba ahí. Me sacó a patadas de aquel mundo de ilusión
que soñaba para los dos. Lo único que pude decir fue: “Que sean felices”,
típica frase de perdedores como yo que no alcanzan el amor. Cerré la ventana y
salí de la computadora. Huí a mi cuarto, tiré al piso cada uno de los peluches
de Disney que aún conservaba de mi niñez. Sumergida en mi tristeza me di cuenta
que los cuentos, cuentos son. Y que los príncipes quedaron atrapados en esos
libros de muchos colores que de forma errónea nos obsequian en nuestros
cumpleaños. Que esa noche me habían desterrado de ese mundo, del cual yo creía
ser parte. Parto de Disney, parto de un mundo que solo en sueños fue.
Niñas que aún (como yo) sueñan con el principe azul de cuento que con un beso nos despierte del letargo en el cual estamos inmerzas. Les cuento un secreto: NO EXISTE. No busquen a alguien perfecto, solo a un hombre de buen corazón que nos quiera como somos. Unas princesas.
Estaba
soñando pavada y media, como pocas veces me suele ocurrir. Dicen que suele
pasar después de comer cual cerdo. En medio de la noche un fuerte timbre de
teléfono irrumpe missueños de manera
abrupta y mi corazón grita el nombre de una persona: mi abuela Delfina.
Mi madre en
medio del sueño corrió a atender la llamada, dicen que las peores noticias se
dan a esa hora, y así fue. Escucho que su voz se quiebra y una lisura da cuenta
de la mala noticia, “mierda”, grita ofuscada.
Baje de inmediato
de mi cama y corrí pateando lo que interrumpía mi marcha, ella asustada me
cuenta que la abuela sufrió una caída a causa de las pastillas demás que
ingirió.
Lo primero
que vi fue lo que usé aquella noche. La risa de mi hermanito, que debido al
alboroto se despertó, nos auguraba buenas nuevas. Pero la preocupación nos
hacía ignorar su pequeña pero certera premonición. Eran las cuatro de la mañana
y los taxis iban y venían repletos de gente, Hasta que uno paró y pareciendo al
tanto del asunto (imagino que por nuestra expresión) aceleró la marcha y nos
llevó directo a emergencias.
Ya en el
lugar olvidé mis temores por esas salas, de pequeña fui un poco enfermiza y los
hospitales estatales son verdaderas casas del terror que trauman a quien la
pise. De pronto un taxi trae a mi abuela, la vi tan envejecida pero su risa y
ganas de vivir intactas.
El médico de
turno nos dijo que no era ese el hospital adecuado para atender tal emergencia,
mi pánico casi entra a tallar, pero otro hospicio que estaba a pocos metros era
el indicado.
Y así fue.
Todos los análisis de rigor fueron hechos, con la lentitud que caracteriza a
nuestros hospitales estatales, y en ese lapso mis ojos vieron cosas que
desearían olvidar.
Mi abuela
intentaba dormitar ligeramente, yo me acerco discreta y le digo “eso te pasa
por drogadicta”, me sonrió dulcemente, pero estoy segura que cuando recuerde
mis palabras algo golpeara mi cabeza.
Y así
transcurrieron las horas, charlando con mi mamá, mi hermano y tíos. De pronto
veo entrar a una mujer cuyo corazón soportó dos infartos consecutivos. La
familia hacia todo lo posible para reanimar a su matriarca, pero al parecer la
hora le había llegado.
Un tercer
infarto cerró sus ojos para siempre, ante la mirada atónita de toda la sala de
emergencia, ya nada se pudo hacer por ella sino rezar por que su alma se
regocije en los brazos del altísimo.
El alba se
llevó una vida, y también mi temor temporal por perder a mi abuela. La
fatalidad llega en el momento menos pensado pero debo confesar que no me siento
preparada aún para ello.
Esta canción me la recuerda ya que a ella le gusta mucho. En honor a mi abuela V.P. esta insignificante nota.