sábado, 22 de septiembre de 2012

PRINCIPE CAIDO. DESTERRADA DE DISNEY.


Yo estaba decidida a verlo como amigo. Habían pasado muchos años en los cuales callé un amor tan intenso como absurdo por Leandro.  Lo conocí cuando ambos nos preparábamos en la misma academia para ingresar a la universidad. No tenía nada de especial, de diferente. Pero mis pupilas se impregnaron de su ser y hasta hoy no lo pude olvidar. Siempre soñé con estar al lado de un hombre bueno, dulce, alegre, inteligente y por qué no, simpático. Y así fue como día a día me convencía de que realmente era la persona indicada para mí,  aquel hombre que orgullosa podría jactarme de haber conseguido el amor verdadero. Sí, el tan ansiado y pocas veces hallado príncipe azul.

Con el tiempo me convertí en su diario, en su almohada, a quien recurría para contarle sus amores y desamores, venturas y desventuras, de las cuales solo era partícipe cuando las oía. Una noche, entusiasmada por conversar con él por el chat, eché a mi hermana de la computadora con la típica escusa de la tarea. A regañadientas ella cedió, pero como es mi hermana me conoce más de lo que quisiera “Hay Isa, ese brillo en tus ojos no es precisamente por amor a y tu carrera”, yo reí nerviosa y atiné a decir “qué ocurrente eres Paty”, ella se fue no muy convencida de mi respuesta.

Como por inercia coloqué la contraseña de mi clave secreta del Facebook. Bendita red social que se inventó para acercar y también desunir a las personas. En esa situación me encontraba. Veo que se encontraba Leandro conectado. “¿Le hablo?, mejor espero algunos segundos. Pero ¿si se desconecta?, no mejor le hablo”. Encrucijada en la que cada noche me veía envuelta al momento de iniciar la conversación. Al parecer él tenía algo qué decir. Inició para mi felicidad la conversación. “Isa, ¿cómo has estado?, yo mal, tengo mucho que contarte”. De lo más ingenua y hasta contenta decidí hacerlo.

El último fin de semana él acudió a una fiesta con sus amigos de la facultad. Fiesta en a la que también fuera aquella chica de la que Leandro quedó prendido. Hasta ese momento podía tolerar que me hablase de Amanda, al fin y al cabo ella nunca le hacía caso. Hasta esa noche. La efervescencia de la velada hizo de las suyas, los tragos iban y venían, el control y los escrúpulos desaparecían de la fiesta. Ella tomó de más. Leo en un afán de cuidarla se acercó a vigilar cada paso que daba. Al notar el estado en el que se encontraba no le quedó más remedio que acercarse  y llevarla a una habitación.

Camino a la alcoba Amanda se despojaba de sus, de por sí, diminutas prendas mientras Leandro iba perdiendo la razón. En un juego de atracción ella lo seduce al compás de la música y él queda prendido en su cuerpo. Las puertas se cierran, sus corazones se abren. Una entrega furtiva fue el resultado de aquella noche.

No daba crédito a lo que mis ojos llenos de lágrimas leían, qué hay de aquello que yo creía: “¿al final se dará cuenta que yo soy su verdadero amor y se quedará a mi lado por siempre”? No, eso solo pasaba en el cuento de hadas en el que decidí meterme sin permiso alguno. Por unos minutos mi pecho se estrujó de tal manera que mis lágrimas parecían la sangre que brotaba producto de la opresión de mi corazón. El dolor era fuerte, infinito, inconsolable. Atiné a secar mi llanto con mis manos. Vi la pantalla y él preguntaba si aún seguía ahí. Y la verdad es que no, ya no estaba ahí. Me sacó a patadas de aquel mundo de ilusión que soñaba para los dos. Lo único que pude decir fue: “Que sean felices”, típica frase de perdedores como yo que no alcanzan el amor. Cerré la ventana y salí de la computadora. Huí a mi cuarto, tiré al piso cada uno de los peluches de Disney que aún conservaba de mi niñez. Sumergida en mi tristeza me di cuenta que los cuentos, cuentos son. Y que los príncipes quedaron atrapados en esos libros de muchos colores que de forma errónea nos obsequian en nuestros cumpleaños. Que esa noche me habían desterrado de ese mundo, del cual yo creía ser parte. Parto de Disney, parto de un mundo que solo en sueños fue.

Niñas que aún (como yo) sueñan con el principe azul de cuento que con un beso nos despierte del letargo en el cual estamos inmerzas. Les cuento un secreto: NO EXISTE. No busquen a alguien perfecto, solo a un hombre de buen corazón que nos quiera como somos. Unas princesas.

viernes, 21 de septiembre de 2012

EMERGENCIAS


Estaba soñando pavada y media, como pocas veces me suele ocurrir. Dicen que suele pasar después de comer cual cerdo. En medio de la noche un fuerte timbre de teléfono irrumpe mis  sueños de manera abrupta y mi corazón grita el nombre de una persona: mi abuela Delfina.

Mi madre en medio del sueño corrió a atender la llamada, dicen que las peores noticias se dan a esa hora, y así fue. Escucho que su voz se quiebra y una lisura da cuenta de la mala noticia, “mierda”, grita ofuscada.

Baje de inmediato de mi cama y corrí pateando lo que interrumpía mi marcha, ella asustada me cuenta que la abuela sufrió una caída a causa de las pastillas demás que ingirió.

Lo primero que vi fue lo que usé aquella noche. La risa de mi hermanito, que debido al alboroto se despertó, nos auguraba buenas nuevas. Pero la preocupación nos hacía ignorar su pequeña pero certera premonición. Eran las cuatro de la mañana y los taxis iban y venían repletos de gente, Hasta que uno paró y pareciendo al tanto del asunto (imagino que por nuestra expresión) aceleró la marcha y nos llevó directo a emergencias.

Ya en el lugar olvidé mis temores por esas salas, de pequeña fui un poco enfermiza y los hospitales estatales son verdaderas casas del terror que trauman a quien la pise. De pronto un taxi trae a mi abuela, la vi tan envejecida pero su risa y ganas de vivir intactas.

El médico de turno nos dijo que no era ese el hospital adecuado para atender tal emergencia, mi pánico casi entra a tallar, pero otro hospicio que estaba a pocos metros era el indicado.

Y así fue. Todos los análisis de rigor fueron hechos, con la lentitud que caracteriza a nuestros hospitales estatales, y en ese lapso mis ojos vieron cosas que desearían olvidar.

Mi abuela intentaba dormitar ligeramente, yo me acerco discreta y le digo “eso te pasa por drogadicta”, me sonrió dulcemente, pero estoy segura que cuando recuerde mis palabras algo golpeara mi cabeza.

Y así transcurrieron las horas, charlando con mi mamá, mi hermano y tíos. De pronto veo entrar a una mujer cuyo corazón soportó dos infartos consecutivos. La familia hacia todo lo posible para reanimar a su matriarca, pero al parecer la hora le había llegado.

Un tercer infarto cerró sus ojos para siempre, ante la mirada atónita de toda la sala de emergencia, ya nada se pudo hacer por ella sino rezar por que su alma se regocije en los brazos del altísimo.

El alba se llevó una vida, y también mi temor temporal por perder a mi abuela. La fatalidad llega en el momento menos pensado pero debo confesar que no me siento preparada aún para ello.  


Esta canción me la recuerda ya que a ella le gusta mucho. En honor a mi abuela V.P. esta insignificante nota.