Yo
estaba decidida a verlo como amigo. Habían pasado muchos años en los cuales callé
un amor tan intenso como absurdo por Leandro.
Lo conocí cuando ambos nos preparábamos en la misma academia para
ingresar a la universidad. No tenía nada de especial, de diferente. Pero mis
pupilas se impregnaron de su ser y hasta hoy no lo pude olvidar. Siempre soñé
con estar al lado de un hombre bueno, dulce, alegre, inteligente y por qué no,
simpático. Y así fue como día a día me convencía de que realmente era la
persona indicada para mí, aquel hombre
que orgullosa podría jactarme de haber conseguido el amor verdadero. Sí, el tan
ansiado y pocas veces hallado príncipe azul.
Con
el tiempo me convertí en su diario, en su almohada, a quien recurría para
contarle sus amores y desamores, venturas y desventuras, de las cuales solo era
partícipe cuando las oía. Una noche, entusiasmada por conversar con él por el
chat, eché a mi hermana de la computadora con la típica escusa de la tarea. A
regañadientas ella cedió, pero como es mi hermana me conoce más de lo que
quisiera “Hay Isa, ese brillo en tus ojos no es precisamente por amor a y tu carrera”,
yo reí nerviosa y atiné a decir “qué ocurrente eres Paty”, ella se fue no muy
convencida de mi respuesta.
Como
por inercia coloqué la contraseña de mi clave secreta del Facebook. Bendita red
social que se inventó para acercar y también desunir a las personas. En esa
situación me encontraba. Veo que se encontraba Leandro conectado. “¿Le hablo?,
mejor espero algunos segundos. Pero ¿si se desconecta?, no mejor le hablo”.
Encrucijada en la que cada noche me veía envuelta al momento de iniciar la
conversación. Al parecer él tenía algo qué decir. Inició para mi felicidad la
conversación. “Isa, ¿cómo has estado?, yo mal, tengo mucho que contarte”. De lo
más ingenua y hasta contenta decidí hacerlo.
El último
fin de semana él acudió a una fiesta con sus amigos de la facultad. Fiesta en a
la que también fuera aquella chica de la que Leandro quedó prendido. Hasta ese
momento podía tolerar que me hablase de Amanda, al fin y al cabo ella nunca le
hacía caso. Hasta esa noche. La efervescencia de la velada hizo de las suyas,
los tragos iban y venían, el control y los escrúpulos desaparecían de la
fiesta. Ella tomó de más. Leo en un afán de cuidarla se acercó a vigilar cada
paso que daba. Al notar el estado en el que se encontraba no le quedó más
remedio que acercarse y llevarla a una
habitación.
Camino
a la alcoba Amanda se despojaba de sus, de por sí, diminutas prendas mientras
Leandro iba perdiendo la razón. En un juego de atracción ella lo seduce al
compás de la música y él queda prendido en su cuerpo. Las puertas se cierran,
sus corazones se abren. Una entrega furtiva fue el resultado de aquella noche.
No
daba crédito a lo que mis ojos llenos de lágrimas leían, qué hay de aquello que
yo creía: “¿al final se dará cuenta que yo soy su verdadero amor y se quedará a
mi lado por siempre”? No, eso solo pasaba en el cuento de hadas en el que
decidí meterme sin permiso alguno. Por unos minutos mi pecho se estrujó de tal
manera que mis lágrimas parecían la sangre que brotaba producto de la opresión
de mi corazón. El dolor era fuerte, infinito, inconsolable. Atiné a secar mi
llanto con mis manos. Vi la pantalla y él preguntaba si aún seguía ahí. Y la
verdad es que no, ya no estaba ahí. Me sacó a patadas de aquel mundo de ilusión
que soñaba para los dos. Lo único que pude decir fue: “Que sean felices”,
típica frase de perdedores como yo que no alcanzan el amor. Cerré la ventana y
salí de la computadora. Huí a mi cuarto, tiré al piso cada uno de los peluches
de Disney que aún conservaba de mi niñez. Sumergida en mi tristeza me di cuenta
que los cuentos, cuentos son. Y que los príncipes quedaron atrapados en esos
libros de muchos colores que de forma errónea nos obsequian en nuestros
cumpleaños. Que esa noche me habían desterrado de ese mundo, del cual yo creía
ser parte. Parto de Disney, parto de un mundo que solo en sueños fue.
Niñas que aún (como yo) sueñan con el principe azul de cuento que con un beso nos despierte del letargo en el cual estamos inmerzas. Les cuento un secreto: NO EXISTE. No busquen a alguien perfecto, solo a un hombre de buen corazón que nos quiera como somos. Unas princesas.
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