viernes, 21 de septiembre de 2012

EMERGENCIAS


Estaba soñando pavada y media, como pocas veces me suele ocurrir. Dicen que suele pasar después de comer cual cerdo. En medio de la noche un fuerte timbre de teléfono irrumpe mis  sueños de manera abrupta y mi corazón grita el nombre de una persona: mi abuela Delfina.

Mi madre en medio del sueño corrió a atender la llamada, dicen que las peores noticias se dan a esa hora, y así fue. Escucho que su voz se quiebra y una lisura da cuenta de la mala noticia, “mierda”, grita ofuscada.

Baje de inmediato de mi cama y corrí pateando lo que interrumpía mi marcha, ella asustada me cuenta que la abuela sufrió una caída a causa de las pastillas demás que ingirió.

Lo primero que vi fue lo que usé aquella noche. La risa de mi hermanito, que debido al alboroto se despertó, nos auguraba buenas nuevas. Pero la preocupación nos hacía ignorar su pequeña pero certera premonición. Eran las cuatro de la mañana y los taxis iban y venían repletos de gente, Hasta que uno paró y pareciendo al tanto del asunto (imagino que por nuestra expresión) aceleró la marcha y nos llevó directo a emergencias.

Ya en el lugar olvidé mis temores por esas salas, de pequeña fui un poco enfermiza y los hospitales estatales son verdaderas casas del terror que trauman a quien la pise. De pronto un taxi trae a mi abuela, la vi tan envejecida pero su risa y ganas de vivir intactas.

El médico de turno nos dijo que no era ese el hospital adecuado para atender tal emergencia, mi pánico casi entra a tallar, pero otro hospicio que estaba a pocos metros era el indicado.

Y así fue. Todos los análisis de rigor fueron hechos, con la lentitud que caracteriza a nuestros hospitales estatales, y en ese lapso mis ojos vieron cosas que desearían olvidar.

Mi abuela intentaba dormitar ligeramente, yo me acerco discreta y le digo “eso te pasa por drogadicta”, me sonrió dulcemente, pero estoy segura que cuando recuerde mis palabras algo golpeara mi cabeza.

Y así transcurrieron las horas, charlando con mi mamá, mi hermano y tíos. De pronto veo entrar a una mujer cuyo corazón soportó dos infartos consecutivos. La familia hacia todo lo posible para reanimar a su matriarca, pero al parecer la hora le había llegado.

Un tercer infarto cerró sus ojos para siempre, ante la mirada atónita de toda la sala de emergencia, ya nada se pudo hacer por ella sino rezar por que su alma se regocije en los brazos del altísimo.

El alba se llevó una vida, y también mi temor temporal por perder a mi abuela. La fatalidad llega en el momento menos pensado pero debo confesar que no me siento preparada aún para ello.  


Esta canción me la recuerda ya que a ella le gusta mucho. En honor a mi abuela V.P. esta insignificante nota.
 

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