Estaba
soñando pavada y media, como pocas veces me suele ocurrir. Dicen que suele
pasar después de comer cual cerdo. En medio de la noche un fuerte timbre de
teléfono irrumpe mis sueños de manera
abrupta y mi corazón grita el nombre de una persona: mi abuela Delfina.
Mi madre en
medio del sueño corrió a atender la llamada, dicen que las peores noticias se
dan a esa hora, y así fue. Escucho que su voz se quiebra y una lisura da cuenta
de la mala noticia, “mierda”, grita ofuscada.
Baje de inmediato
de mi cama y corrí pateando lo que interrumpía mi marcha, ella asustada me
cuenta que la abuela sufrió una caída a causa de las pastillas demás que
ingirió.
Lo primero
que vi fue lo que usé aquella noche. La risa de mi hermanito, que debido al
alboroto se despertó, nos auguraba buenas nuevas. Pero la preocupación nos
hacía ignorar su pequeña pero certera premonición. Eran las cuatro de la mañana
y los taxis iban y venían repletos de gente, Hasta que uno paró y pareciendo al
tanto del asunto (imagino que por nuestra expresión) aceleró la marcha y nos
llevó directo a emergencias.
Ya en el
lugar olvidé mis temores por esas salas, de pequeña fui un poco enfermiza y los
hospitales estatales son verdaderas casas del terror que trauman a quien la
pise. De pronto un taxi trae a mi abuela, la vi tan envejecida pero su risa y
ganas de vivir intactas.
El médico de
turno nos dijo que no era ese el hospital adecuado para atender tal emergencia,
mi pánico casi entra a tallar, pero otro hospicio que estaba a pocos metros era
el indicado.
Y así fue.
Todos los análisis de rigor fueron hechos, con la lentitud que caracteriza a
nuestros hospitales estatales, y en ese lapso mis ojos vieron cosas que
desearían olvidar.
Mi abuela
intentaba dormitar ligeramente, yo me acerco discreta y le digo “eso te pasa
por drogadicta”, me sonrió dulcemente, pero estoy segura que cuando recuerde
mis palabras algo golpeara mi cabeza.
Y así
transcurrieron las horas, charlando con mi mamá, mi hermano y tíos. De pronto
veo entrar a una mujer cuyo corazón soportó dos infartos consecutivos. La
familia hacia todo lo posible para reanimar a su matriarca, pero al parecer la
hora le había llegado.
Un tercer
infarto cerró sus ojos para siempre, ante la mirada atónita de toda la sala de
emergencia, ya nada se pudo hacer por ella sino rezar por que su alma se
regocije en los brazos del altísimo.
El alba se
llevó una vida, y también mi temor temporal por perder a mi abuela. La
fatalidad llega en el momento menos pensado pero debo confesar que no me siento
preparada aún para ello.
Esta canción me la recuerda ya que a ella le gusta mucho. En honor a mi abuela V.P. esta insignificante nota.
Esta canción me la recuerda ya que a ella le gusta mucho. En honor a mi abuela V.P. esta insignificante nota.
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