lunes, 18 de febrero de 2013

Café amargo


Hace unos días decidí verte. Me negaba pues sabía bien de tu aguda lengua que no conoce de permisos, y me atacar con verdades. Sí, esas que a veces duelen más que un golpe. Distinguido como siempre, te acercaste y besaste mi mejilla sin avistarlo. Acto seguido, ese cariñoso apelativo que me asignaste salió de tu boca: “bela”. Fuimos por unos cafés al Starbucks, al que nos gustaba ir por su privacidad en Miraflores.  
Conversamos amenamente por casi una hora, tu risa de niño tierno reflejaba que no habías cambiado. Y no quería comprobarlo. Pero me tocaría saberlo de la peor manera, afrontándome una vez más a la pregunta que prefería evadir.
*Y Bela, ¿sigues con ESE?
Cómo resaltaba tu ironía al mencionarlo.
-Sí.
Escuetamente contesté a tu puñal.
*La otra, el reemplazo, paño de lágrimas y así mil y un apelativos del vulgo popular te calzan de forma infortunada. Sí sabes que nunca me cansaré de repetírtelo ¿verdad?
-Por eso no quería verte más.
*Pues dile a tu noviecito que deje de escribir tan alegremente de ella en sus libros, dejándote como la idiota de la historia.
En mis ojos se amotinaron lágrimas que a fuerza empujaban por salir.
*Ya estoy harto de ese cuentito tuyo, ¿No te das cuenta que ese imbécil no está, estuvo, ni estará enamorado de ti? Te creía inteligente Bela.
Cada vez que hablábamos solíamos beber un café, que por más edulcorante que le echase siempre me sabía amargo al acompañarlo con tus palabras.
-Ya me cansé de que cada vez que nos veamos solo tengas palabras de insulto para mí. A ti qué te importa si me quiere o no. Ya es mi problema.
*¿Será que es porque te amo? ¿Y no soporto saberte infeliz? Si me dieras la oportunidad yo…
Era el verdadero motivo de nuestras conversaciones inconclusas, encuentros eventuales. Segundos antes de pararme ofendida de aquel café oía de tu boca esa frase que me lastimaba: “Te amo”. Después de esas citas Marcos y yo no volvimos a ser los mismos. Ya no era ese amigo al que recurría a llorar cuando “ese” me hacía daño. Ya no podía decirte que me acompañes a comprar ropa porque tus ojos eran otros, ya no tironeabas de mí y reías a carcajadas con mis ocurrencias. Simplemente ya no eras el mismo, y aún así terminara mi relación con mi insufrible amor, pasarías a ser ese paño que hoy soy, esa otra que me consideras, ese reemplazo que no mereces ser tú, pero sí por mi idiotez yo.


La canción quizá no tenga que ver con el post, pero sonó cuando estaba con Marcos en aquel café.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario