Hace algunas tardes me encontraba merodeando
por las calles del Centro de Lima. Usual en mí, vivo por la zona y me la
conozco de memoria. También es común verme con audífonos a todo lo que da, de
modo que se me haga imperceptible cualquier eventualidad que moleste mi
recorrido. El grisáceo cielo presagiaba
un momento entrañable. Y entre tanta gente pude verlo a él. “¿Orlando?
Imposible”. Camisa a rayas y caminar presuroso, como si el tiempo siempre fuera
su enemigo. Solía decirle que tomara las cosas con calma, un poco más a la
ligera. El y su risa incrédula no daban crédito a mis palabras y solo decía “no
puedo ver la vida igual que tú a través de esos ojos quinceañeros, mi niña
consentida”. Me resultaba imposible tu presencia en aquellas calles y entré en
el dilema: ¿me acerco? ¿Aún me recordará? No pude evitarlo. Corrí a tu
encuentro como una niña que persigue un objetivo infantil. Tomé tu brazo y tironeé
de él para que notaras mi presencia.
-Don Orlando, ¿es usted?
Las lágrimas asomaron de inmediato. Lo
reconocí enseguida. Te pareces aún tanto a él, pensaba.
-¿Mabel? Siempre me preguntaba que fue de tu
vida, mi niña consentida.
Las lágrimas mojaban mi rostro y tus manos
gastadas por el tiempo y las maderas que
sueles tallar secaban mis mejillas. En un intento por calmarme me abrazaste.
-Es hermoso volver a verlo. Yo…yo…No sé qué
decirle.
-Yo sí. Estás muy linda, te he leído en
aquella revista. Escribes estupendo, Mabelita.
Mi corazón saltaba de alegría al verlo. Pero
una duda mayor saltaba a la vista. Era inevitable hablar de él: su hijo.
-¿Y
cómo está Fabricio?
-Bien. Ha formalizado con Paolita y se van a
casar. Está muy feliz, ¿puedes creer que va a terminar por fin una carrera?
Reímos divertidos. Fabricio solía ser descuidado
en los estudios. Le hacía los trabajos para que no reprobara materias.
Me sentí aliviada al saberlo feliz. Fabricio
fue mi compañero por 5 eternos años. La vida tenía caminos diferentes para
ambos. Y hoy esa misma vida me encuentra con su padre, un hombre al que quise
mucho.
El cariño no se pierde y aunque su hijo no
sea más mi novio él será mi eterno suegro.
Lo despedí con un interminable abrazo, agradeciéndole
por las galletitas que solía comprarme cuando sabia que iría a su casa. Cuando
fue a verme al hospital aquella vez. Cuando su hijo de alguna manera me dañaba
y salía a defenderme. Cuando era más que un suegro, era todo un padre.
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